Regreso al Palacio de los Verdugo con una nueva parada que, en cierta medida, cierra un ciclo expositivo: dibujo, escultura y, esta vez, la fotografía como protagonista.
Hace
exactamente un año, en este mismo lugar, mi propuesta fue caminar entre
lapiceros por una serie de paisajes naturales en las diferentes estaciones del
año. Unos meses después, a pocas calles de aquí, invité al espectador a
sumergirse en la ciudad y pasear entre esculturas. Ahora, son una serie de
fotografías las que ocupan las paredes, unificando, de algún modo, ambas
exposiciones.
De
los paseos, los viajes, las huidas o los trayectos cotidianos surgen momentos
—esos «instantes decisivos» que diría Cartier-Bresson— que capturan nuestra
mirada y permanecen archivados, a la espera de ser revelados.
Se
cumplen doscientos años desde que Niépce realizara la primera fotografía
permanente, un período en el que esta ha experimentado cambios radicales. Los
primeros cien años fueron fundamentales, con estudios constantes y la
aportación de numerosas técnicas. Desde entonces, la evolución fotográfica no
ha cesado.
La
tecnología nos ha facilitado el trabajo, pero no por ello debemos olvidar los
procedimientos históricos, como la cianotipia, inventada por Sir John Herschel
en 1842 y empleada por Anna Atkins, considerada la primera fotógrafa de la
historia.
Aunque
su sello es el azul de Prusia, en esta muestra predominan los tonos sepía y
marrones oscuros, añorando una época en la que los fotógrafos buscaban algo más
en sus obras —como quedó reflejado en las Misiones Heliográficas, (de las que
se cumplen ciento setenta y cinco años), o en el Pictorialismo— evocando un
diálogo entre pasado y presente.
Todas las imágenes se han procesado con software hasta obtener un negativo, que se ha utilizado posteriormente para el positivado con la técnica de la cianotipia. Las imágenes se tomaron con cámaras analógicas y digitales. Completa la exposición una imagen generada mediante inteligencia artificial.
Brujas



























